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Adolfo Dollero. Notas de viaje.
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AUTOR: GILDARDO CONTRERAS PALACIOS.
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“Estábamos a principios de junio de 1907. En un vagón pullman de la línea del F.C. Central Mexicano, tres personas charlaban animadamente, consultando de vez en cuando el mapa de la República de México. Eran el ingeniero Armando Bornetti de Roma, el químico doctor Arturo Vaucresson de Zurigo y mi insignificante persona; todos teníamos amistad desde varios años”.
Con estas palabras empieza la memoria de su viaje por México, el periodista e investigador italiano Adolfo Dollero, cuando iniciaba su recorrido por la República Mexicana; empresa que les llevaría a los viajero realizarla, poco mas de tres años. Procedentes de los Estados Unidos, habían salido de Ciudad Juárez e iban con rumbo a la capital mexicana. El autor del relato se llamaba Adolfo, Dionigi, Giacinto, Giacomo, María Dollero, nació en Torino, Piemonte, Italia, el 11 de noviembre de 1872. Fue hijo de Tancredo Dollero y de Ernestina Cane. Fue casado con María Luisa Paoletti, condesa de Rodoretto. Durante el primer tercio del siglo XX, viajo por México, Cuba, Colombia y Venezuela. El fin de su viaje era el de conocer más de cerca los países mencionados, en cuanto a su territorio, sus gente, sus costumbres y aspectos políticos y sociales. Su paso por nuestra patria la realizó de junio de 1907 al mes de agosto de 1910. Recorrió gran parte del territorio nacional y sus memorias y observaciones las dejó plasmadas en su obra “México al Día”, publicación realizada en 1911. De nuestro país dejó además otro escrito titulado: ¿El Problema Social, ha Sido o No, el Móvil de las últimas Revoluciones Mexicanas? De su estancia en Cuba, Colombia y Venezuela, dejó así mismo algunos escritos relacionados con dichos países; entre las que se encuentran: Cultura Cubana, Las Simpatías de Cuba por Italia, La Provincia de Matanzas y su Evolución, La Provincia de Pinar del Río y su Evolución, Cultura Colombiana, Apuntaciones Sobre el Movimiento Intelectual de Colombia, desde la Conquista hasta la Época Actual, 1930; Cultura de Venezuela Apuntaciones sobre la Revolución de la Cultura, desde la Conquista Excursiones, 1933; Italia y los Italianos en la Historia y en la Cultura de Venezuela.
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La primera mención de Torreón, por Dollero, la hace de la siguiente manera: “…habíamos ya dejado atrás una ciudad importante: Chihuahua, y allá a lo lejos empezaban a delinearse los edificios de Torreón, ciudad industrial y nueva. En 1896, Torreón era un centro de escasa importancia, casi despoblado, mientras hoy en día era una ciudad con excepcional vida y llena de animación, que nos animaba a visitarla mas tarde…Hacía un calor insoportable…”
Dollero y acompañantes siguieron a la ciudad de México y estuvieron por allá poco más de un año, tratando de conocer todos los sitios y lugares de interés de la capital y sus alrededores. Después siguieron a Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes, San Luís Potosí, Tamaulipas, y Zacatecas. De Fresnillo siguieron a Torreón. A donde llegaron a finales de noviembre y principios de diciembre se 1908. Hay que señalar que Dollero en sus memorias no es muy dado a señalar fechas, las menciona pero en forma muy esporádica y sin formalidad.
En ese año de 1908 y Torreón estaba cumpliendo 58 desde su fundación, como un rancho propiedad de Leonardo Zualoaga. Sin embargo y a pesar del tiempo trascurrido, su principal desarrollo lo alcanzó a partir de la década de los años ochenta, posteriores a la llegada del ferrocarril, que propició el arribo de una buena cantidad de inmigrantes, tanto nacionales como extranjeros. Torreón, Coah.
Para Dollero, la antigüedad de Torreón era de poco más de 10 años, y menciona que su amigo Bornetti, que había estado por acá a mitad de la década de los noventa, se quedó asombrado con el cambio inmenso, porque de “humilde aldea”, pronto se convirtió en una ciudad importante.
Las primeras apreciaciones de Dollero sobre Torreón, las expresó en la siguiente forma: “En todas partes se nota una apariencia americana; en las calles amplias y bien trazadas, en las casas construidas como las de las pequeñas ciudades de los Estados Unidos, en los almacenes que tienen grandes letreros siempre en inglés, en los restaurantes en donde se comen los platillos mas gustados de la nación inmediata y las sopas que parecen condimentadas con pomada y cosmético (olorosas), en los limpiabotas, que os hablan ingles y en las mil caras rasuradas por completo tanto de americanos auténticos como de mexicanos que los imitan”
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Cabe decir que Torreón en ese tiempo abarcaba el perímetro delimitado por las calles de Viesca hacia el poniente, la Leona Vicario hacia el oriente, la del Ferrocarril (hoy Presidente Carranza) hacia el sur y la de Abasolo hacia el norte. Sus principales calles o avenidas estaban orientadas de oriente a poniente, cortadas por otras, cuyos nombres eran de personajes históricos o benefactores de la nación. Contaba Torreón con una diversidad de negocios y profesionistas, que hacían de la ciudad un centro sumamente atractivo para las transacciones comerciales de todo tipo. Sus calles aunque bien trazadas adolecían de la falta de pavimento, lo que ocasionaba que estuvieran siempre llenas de un polvo negrusco y se hacían intransitables cuando ocasionalmente llovía. Al respecto dice Dollero, que “Solo en una cosa Torreón no parece norteamericana; por el polvo que llena las calles y por la pavimentación de las mismas. No podéis quedar ni diez minutos con los zapatos limpios, el polvo lo invade todo, las banquetas, los almacenes, y el centro de las calles llenas de hoyancos. Cerca de la estación es tal la abundancia del polvo que el pie se sume, ya no es el polvo blanco que conocéis, sino un polvo negrusco muy fino…”
Los viajeros se alojaron en el hotel Salvador que ha decir de Dollero era un “verdadero palacio digno de una gran ciudad y provisto de todas la comodidades modernas: luz eléctrica, timbres eléctricos, elevador hidráulico, baño, en fin todo el confort deseable. Nos parecía que nos habían trasportado a Nueva York o a Chicago”. Sin embargo dicho hotel no era el único que había, porque cerca de la estación del ferrocarril existían un buen número de hoteles y casa de hospedaje de toda clase y costo. Entre los que sobresalía el Hotel Francia, mero enfrente de la estación, en donde como en la bíblica Torre de Babel, se hablaban varios idiomas.
Al otro día de su llegada a Torreón, Dollero y acompañantes tenía pensado visitar varias fábricas y empezaron por la “Continental Rubber Co.”, que explotaba el guayule, pero el director estaba ausente y no se les pudo atender. De Allí continuaron a la fábrica de hilados y tejidos de algodón, “La Fe”, la cual contaba con 360 telares y 8,200 husos con maquinaria inglesa muy moderna. Trabajaban en ella 500 obreros.
La Casa del Cerro ya estaba allí, al respecto dice Dollero: “A poca distancia de “La Fe”, un ingeniero americano (Wulff), tuvo la curios idea de fabricarse un bonito castillo verdaderamente pintoresco. Estaba construido sobre un peñasco enorme y lo circundaban verdes praderas artificiales; pero día y noche ensordecen los silbatos y el ruido de los trenes, y el polvo negrusco continuamente se acumula en las blancas paredes de esa moderna mansión…”
Después de “La Fe”, los viajeros visitaron la Compañía Metalúrgica de Torreón, que a decir de Dollero era una “…empresa netamente mexicana con un capital cuantioso de cinco millones de pesos. Se funden minerales de cualquier clase con el sistema de los Waterjackets, hornos con paredes vacías en las cuales circula el agua. La fundición esta movida por vapor, pero tienen también un dinamo para producir la fuerza eléctrica. Trabajan allí 1000 obreros aproximadamente y se pueden fundir cada mes como 27 toneladas de mineral.”
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El recorrido de Dollero y acompañantes continuó, y se detuvieron en la fábrica de jabón “La Unión”, que producía: aceite de semilla del algodón, glicerina y jabón. Productos que según la opinión de Dollero, eran de muy buena calidad. Se trabajaba con un capital de un millón de pesos. Después de ello, visitaron la fábrica de hielo que administraba el rastro municipal, cuya razón social era la de “Rastros de Torreón y de Parral, S.A.”, en donde se fabricaba hielo con “modernas y poderosas máquinas norteamericanas”; allí mismo en un anexo se curtían las pieles de los animales que sacrificaban y después de un tratamiento a base de arcilla líquida, eran objeto de exportación. Dice Dollero que alguna de la carne que allí se obtenía se cortaba en tiras, se convertía en cecina, que se consumía principalmente por la gente de clase baja. Una vez terminada la visita, Dollero comenta que: “Al salir de la fábrica varios infelices, ciegos y mutilados nos esperaban para pedirnos una limosna. En aquellos días en Torreón, había muchos pordioseros, acaso por las tristes condiciones de la ciudad, empeoradas cada día mas por la crisis económica.” Muchos de aquellos menesterosos que deambulaban por las calles de Torreón, eran venidos de otras partes de la república, atraídos por la aparente bonanza existente en la región. Sigue diciendo Dollero: “Eran casi las dos de la tarde y nos encontrábamos muy cansados… nos esperaba una sopa perfumada (olorosa), y una serie de platillos minúsculos con un poco de todo… Teníamos un mesero listo, con el pelo recortado en la parte posterior de la cabeza… en forma netamente… a la americana y un propietario del restaurante de raza teutónica… que a cada momento se acercaba para preguntarnos sonriendo si estábamos satisfechos con el servicio… a todo contestábamos: Yes, yes, all right, y él se retiraba satisfecho…”
Después de la comida los viajeros salieron a recorrer la ciudad que ya contaba con bonitos y hermosos edificios hechos de cantera. Sin embargo también abundaban las construcciones hechas de adobe y en menor cantidad de ladrillo cosido. Ya había en la ciudad varias sucursales bancarias, de los bancos: Nacional, Londres y México, Minero, de Chihuahua y el de Coahuila, y con agencias el de Nuevo León. Además funcionaba el Banco Americano, S.A., el Refaccionario de la Laguna, la Compañía Bancaria Wah Yick y la de Crédito y Ahorros.
Torreón contaba con una buena cantidad de restaurantes y fondas que ofrecían las más variadas viandas de platillos nacionales y extranjeros. El ramo de las cantinas y los expendios de vinos y licores era muy socorrido. La cerveza de Milwaukee alternaba con otras marcas nacionales y era ofrecida en algunos expendios de la ciudad; las cuales se ofrecían bien frías porque la ciudad contaba con su moderna fábrica de hielo; y no se diga de la gran variedad de vinos que por acá se vendían, de procedencia nacional y extranjera.
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Por un dolor reumático que sufrió Dollero, esa tarde fueron a una farmacia americana, en donde vendían de todo, refrescos, dulces, juguetes, cilindros musicales, y claro que se preparaban las recetas solicitadas. Para lo cual expresó Dollero: ¡Costumbres norteamericanas!
Otro día Dollero y sus compañeros salieron rumbo a Saltillo y Monterrey en donde permanecieron algunos días, para posteriormente regresar a Torreón después de pasar por Parras y Viesca. Esta segunda vez solo estarían en Torreón de paso por lo que Dollero no hizo comentario importante al respecto. Solo que su amigo Bornetti, el siguiente día se fue a conocer una fábrica de ladrillos llamada, “Compañía Manufacturera de Ladrillos Areniscos, S.A., cuyo gerente era un alemán de apellido Hartmann, a quien conoció la noche anterior en el restaurante del otro alemán. Sigue…
Parras y Viesca.
Después de que Dollero, y sus acompañantes Bornetti y Vaucresson, estuvieron en Saltillo, Monterrey y otros municipios de Nuevo León, tomaron el tren de regreso a la región Lagunera. Por cierto esta línea ferroviaria era un ramal de la ruta Coahuila-Pacífico, que hacía el recorrido de Saltillo a Torreón. Pasando por General Cepeda, Parras y Viesca. Dicho ferrocarril llegó a Parras el 1 de Agosto de 1901. Escribió Dollero: “… y salimos para Parras en donde Bornetti tenía interés en conocer los famosos viñedos que existen, desde el año de 1626 y que dieron nombre a la ciudad”. En esto hay que hacer la aclaración de que la producción de uva en Parras, se remonta al año de 1594, cuando Francisco de Urdiñola, ya tenía algunas tierras dedicadas a este cultivo en su hacienda contigua a Parras. El año de 1626, es considerado el año en el que se crearon las Bodegas de San Lorenzo, en la hacienda del mismo nombre cuya fundación data del año de 1597.
Nos comenta Dollero en sus notas, “Parras no aparenta ser una ciudad importante; sin embargo nos contaron que en tiempos pasados fue muy floreciente, porque los productos de la vid enriquecían la región.” Después hace referencia a la filoxera, ese tipo de pulgón que ataca a las plantas de la vid y dice: “Por desgracia, cuando en 1895, la filoxera acabó con destruir los viñedos, todos los agricultores abandonaron ese cultivo, exceptuando a la familia Madero, que combatió con energía la terrible calamidad, importando algunas nuevas variedades de vid más resistentes…”.
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Hace mención Dollero, de que Parras cuenta con varias industrias importantes, y que eran las que daban vida a la ciudad y pertenecían por lo general a la familia Madero. Al respecto comenta: “Existe una gran fábrica de tejidos e hilados de algodón… la Compañía Industrial de Parras; la Compañía Explotadora Coahuilense, S.A., que se dedica a la explotación de guayule… y un molino de harina con maquinaria moderna norteamericana… denominado San Lorenzo… El principal mercado para la misma es el lejano Estado de Yucatán.” Esta última industria se encontraba en Bocas, en el llamado Molino, en el ejido San Francisco del Progreso, por la carretera de Parras a Paila.
Nuestros viajeros se hospedaron en el hotel Walther; edificio situado en la esquina suroeste de la plaza de Armas. Al respecto anota Dollero: “El hotel… era regular; el propietario un doctor (A. Walther) suizo que consolaba su nostalgia con vistas de su pintoresca tierra, colgadas en todas partes. También Vaucresson fue feliz de encontrar la reproducción de sus bellas montañas en este rincón de México. Nos habló de ellas durante los dos días de nuestra permanencia en Parras y hasta cuando ya estábamos en el tren que debía volvernos a Torreón.”
Al otro día, Dollero hace una corta mención de la fecha en que se encontraban, muy raro en él, durante sus notas. “Dedicamos un medio día para visitar los viñedos de los señores Ernesto Madero y Hermanos (en San Lorenzo). Salimos a la madrugada en un coche que tuvo la bondad de enviarnos el señor don José, gerente de la Casa. Parecía una tibia mañana de primavera y ya estábamos en diciembre (1908). El clima de Parras es muy bueno”.
El recorrido para llegar a San Lorenzo les llevó cerca de 40 minutos, debido a lo malo del camino, a decir de Dollero. Allí encontraron unos viñedos bien cultivados, pero consideraron que a las plantas de vid, les hacía falta el clima europeo con sus nevadas y heladas para que evitaran el retoño temprano e inútil, que se presentaban en el invierno, ya que encontraron que muchas de las plantas tenían hojas nuevas y retoños. Menciona Dollero que su acompañante Bornetti, que conocía ese tipo de cultivos, “…notó que había varias clases de parras, Tokay, Moscatel, Molinera Gorda, Rosa del Perú, Malvasia y otras especies de California.” Después visitaron la bodega o almacén. En este punto, Dollero afirma: “Después visitamos los almacenes… Allí existían aún varios barriles que habían hecho construir los jesuitas muchos siglos atrás; tenían la particularidad de haber sido labrados con el hacha, notándose… en el corte de ellos.” En ésta parte deseamos hacer una acotación al texto, respecto de que no existen noticias de que los jesuitas intervinieron en la vida económica de esta hacienda, en alguna de sus épocas. |
Ya en las bodegas se les dieron a probar algunos vinos de los que allí se fabricaban Dice Dollero: “Probamos varias clases de vinos verdaderamente excelentes, especialmente el tipo Sauterne, el Málaga, Moscatel y el Clare, tipo de California. Me dio mucho gusto saber que un químico italiano el doctor L. Paparelli, había sido el primer enólogo traído al país por Casa Madero…” Dollero no se imaginaba que días después, él y sus compañeros se reunirían en Gómez Palacio, Dgo., con don Luís Paparelli. En la época en que dicho señor, radicó en Parras, por allá estuvieron otros reconocidos enólogos europeos; los franceses: Jean Ducás, Victor Chantrón y León Glemett; los españoles: José Flor García, Joaquín Cerdán, Antonio Maestre, Antonio Urtado, Sebastián Domene, Tomás Algaba e Ignacio García; los alemanes: Enrique Rolfing, y Guillermo Hausker; y los italianos: Roque y Antonio Centrongolo y Luis Paparelli. La mayoría de ellos fueron traídos a México por la familia Madero.
Concluyó diciendo Dollero respecto a Casa Madero, “…también fabrica aguardientes de uva y cognac por medio de alambiques de sistema francés y americano y además el Vermouth tipo Torino. Este último nos pareció demasiado dulce, y por el contrario superior el vermouth con quina.”
Posterior a ello, los europeos regresaron a Parras y en el recorrido, se detuvieron en la fábrica de guayule, que se encontraba cerca del camino, allí los atendió el señor Domingo Valdés de Llano, a quien “Vaucresson saludó en alemán creyéndolo un legítimo sajón, pero el señor… nos dio la bienvenida en buen español haciéndonos ver que, a pesar de su pelo y su barba rubia, era mexicano neto.”
Ya en Parras, Dollero y sus amigos tuvieron tiempo de hacer otras visitas y anotó: “En Parras, conocimos a un italiano muy simpático; el señor Nicolás Nicolielli, antiguo productor de vinos que vio sus plantíos destruidos por la filoxera hace pocos años. El señor Nicolielli estuvo muy contento al ver personas de su país y nos dijo que desde (hacía) mucho tiempo no había tenido la oportunidad de hablar su idioma. Cuando nos despedimos oprimió con expansión nuestra mano entre las suyas y sus ojos brillaron de lágrimas. Regaló una botella de aguardiente añejo a cada uno de nosotros y nos dijo adiós. Sentimos dejar al buen señor Nicolielli.” Cabe decir que el señor Nicolielli fue el fundador de las Bodegas del Vesubio, que aún hoy en día siguen fabricando en Parras, vinos de mesa de buena aceptación.
Cerca de las doce del día del siguiente, los viajeros se dirigieron a la estación del ferrocarril y se alistaron para su regreso a Torreón, con la intención de pernoctar esa noche en la villa de Viesca.
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A dicha villa llegaron ese mismo día a media tarde. Para esto, Dollero, ya estaba enterado del levantamiento “magonista” ocurrido en Viesca la noche del 24 de junio de ese año de 1908 y por ello su interés por conocer dicho lugar; y las notas sobre Viesca las empieza con una disertación muy personal sobre el tema en cuestión y dice entre otras cosas: “Yo deseaba formarme una idea exacta de lo que había sucedido, porque la prensa alarmista había descrito los hechos de tal manera que parecía se hubiera tratado de una gran revolución peligrosa para el bienestar de la joven república.” Para Dollero aquello no fue nada más que el resultado de: “Algunos mexicanos desterrados (los Flores Magón) desde varios años intentaron pescar en aguas turbias, fomentando desórdenes… y lograron provocar no una verdadera revolución, sino varios ataques… y actos de vandalismo en algunas aldeas sin importancia.” Sigue diciendo Dollero en su opinión sobre estos acontecimientos: “…por lo tanto todo se redujo a un ataque por sorpresa verificado por algunas decenas de hombres de malas intenciones y dispuestos al pillaje que en efecto realizaron en algunas oficinas públicas en donde encontraron gente inerme o escasa resistencia… Por lo tanto es mi convicción personal que es una utopía pensar en una revolución; los mexicanos quieren a su patria y no hay duda que no querrían exponerla a una posible intervención armada de parte de los estados Unidos del Norte…” Hasta aquí las palabras de Dollero sobre el tema; sólo el tiempo nos diría la verdad al respecto. Sobre el aspecto social y económico de Viesca, Dollero externo los siguientes comentarios: “…Viesca es una “aldea” de 4,000 mil habitantes aproximadamente… posee terrenos muy buenos para la agricultura y minas en donde abunda el plomo y el cobre. Escasea la plata y especialmente el oro. Se encuentra también yacimientos de ónix, de mármoles de varias clases y de pizarra. En muchas minas los trabajos estaban paralizados cuando nosotros visitamos Viesca, lo que se debía a la crisis económica. En una zona del distrito de Viesca se explota la sal de cocina con el sencillo medio de la evaporación del agua (aún no había una industria en forma). Hay también aguas termales. Un manantial a muy corta distancia de la línea del ferrocarril tiene mucha fama para el alivio de las enfermedades cutáneas… Personas de esos lugares, dignos de fe, nos aseguraron que hay terrenos especialmente para el cultivo de la remolacha y de las cebollas. Según ellos, de las primeras hay algunas que alcanzan hasta el peso de 15 kilos y de las segundas hasta más de un kilo, pero nosotros no las hemos visto.”
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Sigue Dollero con su comentario: “Crecen silvestres la zarzaparrilla y otras plantas medicinales. Por lo general abunda el agua, siempre se encuentra a la profundidad de pocos metros. Creo que los terrenos son especialmente propios para el cultivo de la vid, porque pude observar algunas plantas desarrolladas de una manera extraordinaria y cuyo producto según nos dijo el propietario es muy importante. Los precios de los terrenos varían de 40 a 60 pesos por hectárea y no escasean los brazos para los trabajos de campo o de las minas. Por lo que se refiere a la industria hay poco que decir. La única empresa importante es “The Mexican Crude Rubber CO.”, que explota el guayule. Su capital social es de 1’500,000 mil dólares. De la estación del ferrocarril que no dista mucho sale un ramal que llega hasta la fábrica, ventaja no indiferente y que proporciona a la Compañía un notable ahorro en sus fletes. La fábrica está bien montada, esta movida por 383 hp., de vapor y trabajan en ella aproximadamente 200 obreros, con orden y una exactitud maravillosos. La fábrica produce cada mes como 100 toneladas de goma de muy buena calidad que se extrae de la manera que ya se conoce. La compañía posee terrenos propios y además compra el guayule en grandes cantidades cada vez que se presenta la oportunidad. Alrededor de la fábrica corren arroyos, pues a poca distancia brota un abundante manantial. Nos quedamos en Viesca solo un día…” Esa noche pernoctaron los viajeros en un hotel (único), al que encontraron “sumamente deficiente”. Al otro día a la misma hora de su llegada continuaron los visitantes su viaje hacia Torreón. Sigue…
San Pedro de las Colonias.
“Salimos para San Pedro de las Colonias, la pequeña ciudad de los grandes capitalistas; dista pocas horas de Torreon. Creíamos encontrar una ciudad preciosa, mas por lo contrario no sabíamos en donde poner los pies, tan alto era el estrato de polvo que llenaba las calles. Con un pequeño esfuerzo, este pequeño inconveniente se podría remediar, porque en San Pedro todos son millonarios o casi millonarios, o siquiera acomodados”. Era tanta la arena en las calles de San Pedro que la juntura de las paredes de las construcciones con el piso era imperceptibles, pareciese que las paredes terminaban deshaciéndose suavemente en el piso.
Con aquellas palabras comienza Dollero su relato sobre la visita que él y sus acompañantes Bornetti y Vaucresson hicieron a San Pedro, a mediados del mes de diciembre de 1908. Ya hemos dicho que Dollero, regresó a Torreón después de haber visitado Saltillo, Monterrey, Parras y Viesca; apenas habían bajado él y sus compañeros del transporte que los llevó al hotel Salvador, cuando notaron la presencia del alemán, dueño del restaurante a donde acudían a tomar sus alimentos, quien los recibió con un expresivo y cordial saludo, “…él era una persona muy agradable, siempre fino y siempre contento… que si encontrábamos su cocina alemano-americana detestable… Una cosa compensaba con la otra.” Por lo tanto los viajeros tuvieron que regresar a dicho restaurante, que se encontraba situado en la calle Ramos Arizpe (“Restaurante Alemán Salchichonería…”) Otro día trataron de visitar la fábrica de guayule “La Continental Rubber Co.”, sin embargo desistieron de ello ya que al gerente nunca lo localizaron.
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Los visitantes tenían especial interés en conocer la parte más fértil de la Región Lagunera. En donde a su decir: “Todos los terrenos de los alrededores, fértiles de una manera asombrosa, están dedicados al cultivo del algodón que produce anualmente millones de pesos.” Según Dollero dichos terrenos alcanzaban un precio de 100,000 pesos por kilómetro cuadrado y según nuestros cálculos, la mayoría costaba mas del doble de lo que valían en la región de Viesca. Agregó Dollero: “…la región baja del Río Nazas es como un segundo Valle del Nilo, por su fecundidad que despierta verdaderamente la admiración.”
Consideraba Dollero que San Pedro, fue creado por los agricultores, como un centro de reunión en la región para evitar el aislamiento en el que se desarrollaba su vida cotidiana por las inmensas haciendas que poseían. En este caso pone de ejemplo a la Casa Purcell y Co., que según él cultivaba millones de hectáreas, Gil Ornelas, un aproximado de 1,000 y el señor Francisco Madero 3,000. Dice que aparte de ello, algunos de los agricultores poseían lejos de las regiones algodoneras, grandes extensiones de terrenos (agostaderos) que se podían atravesar a caballo en varios días. Para complementar las notas de Dollero, tomamos el Directorio Comercial de Vaca y Aguirre de 1905-1906 y pudimos rescatar los nombres y propietarios de las haciendas de San Pedro en esa época: Albia y Anexas, de Muñusuri y Cía., representante, Bartola Santos. Altamira y Anexas de Adalberto A. Viesca. Ancora y Anexas, de Francisco Gámez. Alamito, de Gonzalo Siller. Amparo y Anexas, de Medellín e hijos. Bolivar y Anexos, de Federico Ritter. Buenavista de Arriba, de Jesús Pámanes. Buenavista de Abajo, de Francisco I. Madero y Hno. Candelaria y Anexos, de Carlos Herrera. El Cuatro, de Indalecio de la Peña. Carolina y Anexos, de Aurelio Corral. Concordia y Anexos, de Gurza, Hermanos y Cía. Florencia, de Pedro Francisco Ugarte. Jaboncillo y Anexos, de Paulino Madrazo. La Luz, de Frumencio Fuentes. Lequeitio y Anexos, de Francisco Martínez Arauna y Cía., representante Leandro Urrutia. Nuevo Linares y Anexos, de Ávila Hermanos. Nuevo León, de Raul Rodríguez. Porvenir de Arriba, de Julio Luján. Panamá y Anexas, de J.H. Bahansen y Cía. Playa y Anexos, de Andrés Regalado. Santa Teresa y Anexos, de Rafael Arocena, representante Miguel Bierna. Santo Niño y Anexos, de Veremundo Garde. San Francisco y Anexos, de Adolfo Aymes. San José de los Álamos y Anexos, de Guillermo Purcell. San Marcos y Anexos, de Compañía La Virgen, representante, Carlos Herrera. Santa Anita y Anexos, de Manuel Madero. San Esteban de Egipto, de Abraham Lujan.
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Dollero constató que las casas particulares en San Pedro, “…están bien amuebladas y tienen en el interior toda clase de comodidades; los gastos de mesa son mayores que en otras partes y se consumen vinos importados; sin embargo San Pedro, no se presta a derrochar el dinero a pesar de que los habitantes tengan fama de pródigos. Por lo general, gastan más bien en educar a los hijos con buenos colegios en el extranjero, lo que es el mejor elogio que se puede hacer de ellos.” Sobre el particular, agregaremos que el comercio en San Pedro era boyante, existían infinidad de establecimientos dedicados a la venta de ropa, abarrotes y algunas ferreterías y mercerías. Vaca y Aguirre en su Directorio Comercial nos mencionan el nombre de no menos de 100 establecimientos dedicados a esos giros. Lo que es un indicativo claro de que en San Pedro había dinero “constante y sonante”. Continúa diciendo Dollero: “San Pedro tiene muchas escuelas, varios jardines públicos, un mercado y un pequeño hospital y servicio de agua potable.” Aseguró que en ese tiempo en la ciudad había cierto barullo por la cuestión de los problemas de las aguas del Nazas, las cuales traían los elementos necesarios para la fertilidad de las tierras que bañaban; y que el gobierno federal para dar fin a las discusiones entre propietarios de la parte alta y baja del río, propuso la construcción de una enorme presa para el mejor control y distribución de las aguas y la cual tendría un costo de 20 millones de pesos, con lo que se conseguiría una distribución más equitativa entre los usuarios y que de acuerdo con un estudio del señor Francisco (I) Madero, el resultado de las cosechas se triplicaría.
Dice Dollero, que Alfonso Madero le comento que en 1900 su familia concedió a unos colonos norteamericanos, para su uso, un predio de 40 leguas cuadradas, les dieron también 2,000 vacas y 1,000 toros, con el fin de que crearan un rancho ganadero, cuyas ganancias se repartirían por partes iguales. Los beneficiados se encargarían además de buscar el agua, ya que el predio carecía de ella. Y que en ese año (1908), dichos colonos ya habían dotado a la propiedad de algunos pozos de agua; y a pesar de que cada año se vendía y sacrificaba parte del ganado, el número de cabezas, había aumentado a 9,000.
Continúa refiriéndose Dollero a los agricultores de San Pedro y escribió: “Los millonarios de San Pedro son muy diferentes de muchos otros que tuvimos la oportunidad de conocer en nuestros viajes por la República. Con los primeros, cualquiera se encuentra bien, pues ninguno de ellos piensa aplastaros con el peso de su oro; son personas amables, campechanas, bien educadas, y muchos también muy cultas… las propiedades valen decenas de millones (de francos) y en este movimiento asombroso de capitales, no se sabe si admirar más la generosidad de la naturaleza o la abnegación de esas personas que viven casi en una aldea (pueblo), cuando podrían llevar una vida de príncipes… no de caídos!” Es bien sabido de que algunas familias distinguidas de Parras, emigraron hacia La Laguna, cuando acá se suscitó la fiebre del oro blanco y aquella población dejó de ser el principal centro poblacional del suroeste de Coahuila; entre dichas familias se encontraron, algunas de los Madero y de los Viesca.
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El enamoradizo del grupo, el doctor Vaucresson que ya había dejado un amor en la capital del país, “…deseaba ver alguna de esas señoritas millonarias siquiera por curiosidad, pues no tenía, según aseguraba ninguna intención de ser infiel a Luz (su novia mexicana), con la cual continuaba su epistolario y (en quién) pensaba muy seguido; pero las señoritas millonarias no se dejaban ver ni siquiera atrás de las rejas.”
En San Pedro no había realmente mucha diversión, en ese entonces relata Dollero, que se estaba construyendo un teatro; “…el que había era un verdadero jacalón. La entrada era por una peluquería, en donde en la noche quitaban las sillas para que el público entrara. Afuera la banda municipal atraía la gente tocando marchas y dancitas y solo faltaba el gritón con su... ¡Entren señores! ¡Entren para que se convenzan!
Los viajeros visitaron la casa del señor J.A. Benavides, “otro entusiasta de mi patria que conoce muy bien” dijo Dollero al referirse a dicha visita, que allí vieron dos cestas funerarias, de las que se depositaban junto al cadáver del fallecido, dentro de ella había puntas de flecha o chuzos; dichas piezas fueron encontradas por el señor Benavides en una gruta del Bolsón de Mapimí (hacia el norte de San Pedro), en donde había localizado también un entierro, cuyo cadáver se destruyó cuando intentaron sacarlo. Ya en la paz del hotel, Dollero y Borneti se dedicaron a poner en orden los apuntes recabados, mientras que Vaucresson, fue con un ingeniero italiano a visitar una cantera que distaba un poco de San Pedro. A su regreso les comentó que un trabajador de la cantera había sido mordido por una víbora venenosa y que después de que sus compañeros le aplicaron algunas yerbas en la mordedura, lo habían hecho morder la cabeza del reptil aún vivo, “para prevenir completamente el efecto del veneno”.
Dollero y sus compañeros, estuvieron tres días en San Pedro, en ese tiempo existían dos hoteles, el “Jardín” y el “México”. Después regresaron a Torreón, en donde compraron los boletos para viajar a Durango, capital. Sigue…
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Gómez Palacio y Mapimí.
Después de que Dollero y sus acompañantes Bornetti y Vaucresson, visitaron San Pedro de las Colonias, regresaron a Torreón y tomaron el tren hacia la ciudad de Durango. Hasta allí llegaba el Ferrocarril Internacional, procedente de Ciudad Porfirio Díaz (Piedras Negras, Coah), de acuerdo a la referencia de Dollero. Eran los días previos a la Navidad de ese año de 1908. Allí los viajeros pasaron la Noche Buena y el día de Navidad y el día 26 se trasladaron en la misma línea de ferrocarril hacia Ciudad Porfirio Díaz, en donde permanecieron tres días, para después empezar su recorrido hacia los poblados de Coahuila, al sur de dicha población fronteriza. Así visitaron Allende, Zaragoza, Sabinas (en donde recibieron al Nuevo Año 1909, en el “modesto” Hotel Modelo), siguieron a Múzquiz, Monclova y Cuatro Ciénegas, de donde retornaron a La Laguna, con el objeto de visitar Gómez Palacio y Lerdo, ciudades que únicamente los separaban 15 minutos en tranvía eléctrico; de las cuales Dollero opinó: “Toda aquella región es un gran centro de cultivo de algodón en vasta escala y de la vid en proporciones mas reducidas. Cuando visitamos estos lugares se notaba un cierto malestar y un abatimiento general”.
Como Bornetti conocía al agente consular de Italia, doctor Luís Paparelli, a dicho señor fue la primera visita que realizaron los viajeros en Gómez Palacio. Paparelli, fue uno de aquellos “expertos” viticultores que Evaristo Madero, trajo al país en la última década del siglo XIX; durante varios años ejerció su profesión en Parras y en este tiempo estaba asociado con la firma de Lavin y Sucesores. Esa noche fueron invitados a cenar en la casa de Paparelli, en donde “…pasamos varias horas de la grata compañía suya y de su amable familia. Se habló de Italia, de los recientes desastres de Sicilia y de la Calabria y de la parte tomada generosamente por el Gobierno y el pueblo mexicano para atenuarlos daños de esa calamidad…”
Cuenta Dollero que esa noche “Se bebieron en la mesa los exquisitos vinos de la Compañía Vinícola de Noe, a cargo del mismo señor Paparelli. Encontramos muy bueno el Oporto, pero verdaderamente superior a todo elogio el vino tinto “Recuerdos de Medoc”… Después de cenar, la señorita Paparelli, una flor de nuestra tierra acariciada por la brisa encantadora de los trópicos, además de varios trozos de música selecta, tocó el Himno a Garibaldi, la Marcia Reale y el Himno Mexicano, y se acabó la velada brindando por México y por Italia. ¡Qué bellas horas! Qué lástima que al día siguiente tuviéramos que empezar nuestra vida nómada…”
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Sigue diciendo Dollero: “En Gómez Palacio y en Ciudad Lerdo, es imposible no elevar un himno a la colonia española. En cada ramo ocupa el primer lugar; los almacenes principales son españoles, los grandes comercios al mayoreo, son españoles, las vastas e importantes haciendas agrícolas si no son españolas, han sido fundadas por ellos; en fin es una colonia verdaderamente poderosa…” Las calles de Gómez Palacio carecían de pavimento y de acuerdo al Directorio Comercial de Baca y Aguirre, encontramos que para 1906, algunas de sus calles llevaban nombres relacionados con el origen de su fundador; y así llevaban los nombres de Santander, del Sol, Serviago, San Gabriel, Bárcenas, del Escorial, Gómez Palacio, del Retiro, Aedo, Juárez, de Requila, Burgos, Regaso, de Rascón, Ampuero, Tabernilla(o), del Retiro, 2 de Abril. No más de 20 nombres de calles, con casi ningúno de héroes nacionales como se estiló en Torreón.
Dollero encontró que en Gómez Palacio y Lerdo, aparte de la industria vinícola y de los grandes plantíos de algodón, existían: una industria textil y una bonetería de algodón; una gran fábrica de zapatos, varias fábricas que explotan el guayuele, un molino grande de harina, la Compañía Industrial Jabonera de la Laguna, S.A. (La Esperanza), y la fábrica de Dinamita y Explosivos, S.A. La fábrica mas importante de guayule era la del señor Othón Katerfeld, producía un aproximado de 30 toneladas mensuales de goma de guayuele, que tenía mucha demanda en Nueva York y Hamburgo; trabajaban en ella cerca de 80 obreros. Otra empresa que sorprendió a Dollero fue la “Cunard Shoe Co. S.A.”, en donde se fabricaban zapatos, de gran acabado y muy elegantes, que aparentaban ser de manufactura extranjera. En dicha fábrica laboraban cerca se 160 obreros. Se manejaban dos marcas de zapatos: la Cunard Shoe y Stone Shoe. La materia prima era traída de los Estado Unidos y se trabajaba en máquinas de vanguardia también norteamericanas. La producción diaria alcanzaba los 500 pares de zapatos.
En ese tiempo los viajeros encontraron que el molino de trigo de la Casa E. Sánchez y Cía., estaba inactivo por la falta de materia prima, debido al mal año que se había tenido en cuanto a la cosechas de trigo, por falta de lluvias. Fueron después a la “Cía. Jabonera de la Laguna, S.A.”, que a decir de Dollero, su capital ascendía a cinco millones de pesos y que su director era el señor Juan F. Britingham, a quien apodaban: “el hombre de la Laguna”. Escribió Dollero: “La fábrica esta edificada en medio de los árboles y es muy pintoresca; alrededor de ella hay calzadas sombreadas y chalets; todo predispone al “flirt” en ese amenísimo lugar.” Una vez en el interior de la factoría, Dollero y sus amigos quedaron impactados por la magnitud de la empresa, que a su decir adquiría toda la semilla de algodón de la región lagunera, para la producción de aceites, glicerina y jabones. Fue para ellos, un ejemplo de empresa de su tiempo, con orden, pulcritud y trabajo.
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Dollero y compañeros pernoctaron en un hotel del Gómez Palacio, que de acuerdo a su opinión, la ciudad carecía de “…un buen hotel con un buen restaurante…”, que si lo hubiese, tendría magníficos resultados. Durante su estancia en Gómez, los visitantes fueron varias veces a comer y a cenar a Torreón, pero ya no al restaurante de su amigo alemán, sino que lo hicieron en el Hotel Francia, cuyo servicio a la “europea” era aceptable.
Uno de esos días de principios de enero de 1909, Dollero y acompañantes aceptaron una invitación del señor Paparelli, para visitar la Compañía Vinícola de Noe, situada a una hora de recorrido en tren de Gómez Palacio. La marca (etiqueta o membrete) de la citada compañía mostraba a: “Noé de la larga barba que fabrica el vino exprimiendo la uva con las manos y a lo lejos la famosa Arca.” Dice Dollero que dicha empresa, formaba parte de la gran Compañía Algodonera e Industrial de la Laguna, S.A., dedicada al cultivo del algodón, de cereales y de forrajes. Allí se cultivaban uvas de diferentes variedades: “…Chianti, Barbera de Piamonte, Mataró, Gros Noir de la Calmette, Alicante, Moscatel, Albillo, Blanco, Free Zagos, West`s White Prolific, Sauvignon, entre otras. Ya en la cantina de la empresa degustaron del Jerez, el Vermouth y el Cognac “glorias de Noé”. Agregó Dollero: “Suspendimos la prueba temiendo acabara con sucedernos lo mismo que le había pasado al personaje bíblico”.
La fabrica, contaba con maquinaria muy moderna, en donde se utilizaban para el proceso de la destilación, varios alambiques americanos y franceses. Después de aquella visita, el señor Paparelli, acompañó a los visitantes a la fábrica de dinamita, recorrido que hicieron en un coche del anfitrión. En la tarde de aquel día cuando llegaron al lugar en donde estaba establecida la factoría, Dollero narró lo siguiente: “…cuando entramos a la cuenca en donde está situada la fábrica. Parecía otra “bolgia” del infierno Dantesco. Alrededor, montañas de formas y matices diferentes; acá se asomaban rocas negras y tétricas, allá una cresta recortada como encaje y ligeramente azulosa, mas adelante un cerro que dejaba ver una cantera de mármol blanco apenas empezada a explotar y después otras rocas verdes por los líquenes… La Compañía Nacional Mex. de Dinamita y Explosivos S.A., está formada en su mayor parte de capitales franceses…”
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En dicha factoría Dollero y acompañantes fueron recibidos por su director general el señor Augusto Genin, quien además de hombre de negocios era literato y poeta. Los viajeros ya estaban enterados de que las visitas a dicha factoría, por motivos de seguridad estaban totalmente restringidas, sin embargo mediante una serie de argucias, Dollero y Bornetti aprovecharon que en ella trabajaban un buen número de técnicos italianos y lograron colarse hasta la zona de producción de los cartuchos de dinamita. Para ello su compañero Vaucresson, mediante acuerdos previos como parte del plan, había entretenido al señor Genin, para que sus amigos consiguieran el fin propuesto. La fábrica producía cerca de 150,000 cajas de dinamita al año, allí trabajaban 450 personas, entre las que había 63 italianos. Ese mismo día, ya noche regresaron los visitantes a Noé, y después de despedirse de su anfitrión Paparelli, tomaron el tren para Mapimí, “…en un tren que parecía un juguete; los vagones eran pequeños e incómodos, y en ellos el público estaba amontonado sin compasión en una semi-obscuridad. De vez en cuando una sacudida brusca o parada improvisada lanzaba a los pasajeros unos encima de otros…”
Sobre el pueblo, Dollero, expresó: “Mapimí tiene mucha importancia por sus minas; como ciudad nada tiene de bonito. Además hay muchísimo polvo…Encontramos un hotel con las sábanas limpias; el Hotel Monterrey… Confundían siempre la denominación de blancas con la de limpias. La principal compañía que en Mapimi se dedica a explotar minas con espléndidos resultados es la Cía. Minera de Peñoles, S.A. En las (minas) de esta compañía abunda mucho el plomo y la plata y hay poco oro. La fundición es lo mas digno de mencionarse; trabajan en ella 1,200 obreros… En Ojuela a ocho kilómetros de Mapimí están las minas de la sociedad; se ha formado allí una verdadera ciudad de casi 6,000 habitantes, de los cuales 2,500 aproximadamente trabajan debajo de la tierra. Un puente colgante, pequeño Brooklin bridge, une las dos montañas con un magnífico efecto y desde allá arriba se ve Mapimí, que desde lejos ofrece mucho mayores atractivos que de cerca. La Compañía posee también su hospital, su casino, una planta de luz eléctrica y además el famoso trenecito que se menea.”
Aquí terminó la visita de Dollero, Bornetti y Vaucresson a la Región Lagunera. Otro día dejaron Mapimí y se fueron a Sierra Mojada, en el estado de Coahuila. Su recorrido por los diversos puntos de la República Mexicana, se extendió por cerca de 20 meses más. En agosto de 1910, se entrevistaron con el presidente Porfirio Díaz en el Castillo de Chapultepec y allí trataron temas de muy diversa índole, y al despedirse, “…el señor General Díaz, irguiendo su arrogante persona, siempre marcial a pesar de los 81 años, me despidió con un enérgico apretón de manos y diciéndome cortésmente: Espero que no será la última vez que le estreche la mano, señor Dollero, y según la costumbre del país, añadió por último: Usted sabe que tiene en mi un amigo y un servidor.”
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Dos días mas tarde Vaucresson y su novia Luz, contrajeron matrimonio en la capital mexicana. El matrimonio civil fue en la casa de la novia y el religioso en una capilla particular. Ese mismo día los recién casado tomaron un tren hacia los Estados Unidos y Dollero y Bornetti otro con rumbo a Veracruz. “Debíamos volvernos a ver en Europa”, concluyó Dollero.
Dollero termina sus notas diciendo: “Era el 12 de agosto de 1910. Minutos antes de que el vapor zarpara, observamos sobre el puente un grupo de señoritas que se despedían de una familia que salía. Nos parecía reconocer una de ellas… era la señorita que habíamos conocido en Toluca… Presentamos nuestros respetos a su señora madre y a ella. Al darnos la mano con afabilidad nos dijo una vez más: No olviden que yo leeré su libro… Hubiéramos estado solos sin un saludo ni un adiós, pero después del encuentro inesperado con la señorita, nos parecía que en los adioses y en los pañuelos que ondeaban hubiera también para nosotros una pequeña parte de un pensamiento y fuimos contentos… Adiós! Adiós!. En sus cortas conclusiones, Dollero nunca creyó que en México se estuviera fraguando un levantamiento armado; y menos que al cabo de tres meses se llevaría a cabo aquel suceso inesperado, que costarían a México un sinnúmero de victimas.
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Fuentes
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Dollero Adolfo. “México al Día”. (Impresiones y Notas de Viaje). Librería de la Vda. de C. Bouret. París. México. 1911-FUE
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Baca y Aguirre. Directorio Comercial e Industrial de la Laguna. 1905-1906. Segunda Edición. Grupo Colorama. Torreón, Coah. 2006.-FUE
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De la Torre Villar Ernesto. Tierra Anchurosa de Indios Mineros y Hacendados. Sidermex. Coahuila en los Inicios del Siglo XX. México.1985. p.618.-FUE
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Flor Navarro José. Album de Aniversario de la Fundación de Parras de la Fuente, Coah. 1598-1948.-FUE
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Foto Dollero: http://en.wikipedia.org/wiki/Adolfo_Dollero-FUE
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