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Leonardo Zuloaga Fundador de Torreón
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Para la conformación de la historia del suroeste de Coahuila y en especial de la llamada Comarca Lagunera y más aún sobre Torreón, es simplemente entendible que por años, ha sido un tema muy poco frecuentado por la pobre aportación de nuevos y contundentes datos que nos puedan proporcionar una idea más clara de lo que realmente sucedió por estas tierras, cuyos orígenes se pierden allá en el devenir de los tiempos, mientras que sus habitantes han permanecido por muchos años inmersos en el sueño de la ignorancia histórica, en una larga noche que los agobia y que esperan en su inconsciente la alborada, para poder conocer la buena nueva, que les traiga las noticias que por siglos han estado impresas y que se han quedado suspendidas en el tiempo, contenidas en viejos y añosos papeles de archivos públicos y privados.
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Cabe decir que la historia de la región había resultado hasta no hace mucho tiempo, tan inhóspita y árida como la tierra misma de su entorno y que así como ésta necesita de las a-guas del Nazas y del Buenaval para florecer, así mismo la historia necesita del amor curioso del investigador, para que se lance en busca de datos y documentos que lo lleven a conocer un poco más del tiempo pretérito y con ello logre abrevar en los archivos existentes, para que en la búsqueda de la realidad histórica y del tiempo ya ido se llegue a conocer algún día todo aquello y de todos aquellos que nos antecedieron.
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Existe una realidad latente al afirmar que en lo que corresponde a la región de la Laguna de Coahuila, en la última década han sido varias las obras escritas y publicadas, pero que sin embargo han sido contados los autores que se han dado a la tarea de aportar nuevos datos que enriquezcan el pobre acervo histórico con el que contamos. Decimos esto porque en la mayoría de ellas, al hacer referencia a los orígenes de nuestra ciudad, copian los datos muchas veces inexactos del Sr. Eduardo Guerra, sin tratar de comprobar siquiera si son o no verdaderos.
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La mayoría de los acontecimientos que conocemos de nuestra microhistoria están basados en testimonios personales que el autor en turno recogió de las pláticas con individuos que vivieron o fueron testigos presenciales de los hechos y cuando más, dichos relatores sabían sobre cualquier tema en particular por la transmisión oral que les proporcionaron sus ascendientes o bien era el resultado de lo que escucharon en alguna plática en la que los relatores estuvieron presentes; en el entendido de que este tipo de información al pasar de “boca en boca” cada vez resulta más falsa e inverosímil.
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Dentro de esa aridez de consulta en la historiografía de la Región de la Laguna de Coahuila en un marco de información “oculta” más o menos abundante, es posible percibir cierta apatía por parte de los investigadores, debido primordialmente a la falta de apoyo de las diversas autoridades públicas y privadas para el desarrollo de este tipo de actividades. Sin embargo, con el propósito de llegar a comprender el nacimiento de la noble y pujante ciudad de Torreón en estos sus 150 años de vida, resulta conveniente partir de los acontecimientos acaecidos en el indómito suroeste de Coahuila a finales del siglo XVI; para lo cual debemos empezar con el nacimiento del pueblo de Santa María de las Parras en el año de 1598, realizada “sin otra ayuda de costa ni bolsa” por el padre Juan Agustín de Espinoza; fundación con la que nacieron otras poblaciones como San Pedro de la Laguna en la mera desembocadura del Nazas, Mapimí y San Juan de Casta. Tuvieron que pasar 133 años para que surgiera el pueblo de San José y Santiago del Álamo, como cabeza de colonización de la Comarca Lagunera, pueblo que surgió por la necesidad misma de la gente de Parras que argumentó ya no caber en el pueblo. Debido a los problemas agrarios que se suscitaron en Hornos en el último tercio del Siglo XVIII, llegamos al nacimiento de los pueblos de la región de Matamoros en 1825, para de allí trasladarnos al nacimiento del Torreón, “el puesto más apartado hacia el poniente de la antigua Misión de Parras y la Laguna” en el año aproximado de 1852.
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Para entender de una manera documentada el proceso histórico mencionado y poder llegar al punto propuesto, debemos introducirnos en las fuentes escritas publicadas que por su rareza y dificultad para conseguirse, automáticamente se convierten en “fuentes primarias” de consulta; dentro de los que podemos mencionar los siguientes: las Anuas de los sacerdotes Jesuitas; los relatos del padre Francisco de Arista; los documentos de Cuencamé; el relato del Obispo de la Mota y Escobar; el legado del padre Pérez de Ribas; la “historieta” del padre Gutiérrez del Río; el abundante y ameno escrito del Padre Morfi; la bitácora del viaje de don Nicolás de Láfora; las reseñas del obispo Tamarón y Romeral; la obra del padre Xavier Alegre; todas ellas se pueden considerar como las obras clásicas de primera mano. Respecto a otras obras ya en pleno siglo XIX tenemos los escritos de López Portillo; el Durango Gráfico de Carlos Hernández de 1903; y en el año de 1932 Eduardo Guerra escribió su Historia de Torreón. Por estos años Vito Alessio Robles publicó algunas de sus principales obras, sobre Urdiñola y sobre Coahuila y Texas; en 1939 Gerard Decorme editó su libro de Los Jesuitas en la Provincia Mexicana; en 1948 apareció la Monografía de Parras de Juan Contreras Cárdenas; posterior a ello vino la obra de don Pablo Martínez del Río; en 1951, Pablo C. Moreno escribió el libro Torreón, La más Joven de las Ciudades Mexicanas; al año siguiente Guerra publicó su libro Historia de la Laguna; en el 1954 Moreno nos ofreció Torreón a través de sus Presidentes Municipales; después J. Santos Valdés, escribió Matamoros de la Laguna; Jesús Dávila Aguirre nos presentó su Chichimecatl; Manuel Terán Lira su Historia de To-rreón; Manuel Plana El reino del Algodón en México; La Formación y Decadencia de una Fortuna de María Vargas Lobsinger; Xavier Esparza Santibáñez su Revolución en la Laguna; la Monografía de Torreón de Ernesto Santibáñez; La Nueva Historia de Torreón, de la autoría de 14 escritores laguneros; Cien Años de Presidentes Municipales en Torreón, de José León Robles de la Torre; Gildardo Contreras y sus Antecedentes a la Fundación del Torreón; Agustín Churruca El Sur de Coahuila, Antiguo Indígena y Negro y el Sur de Coahuila en el siglo XVII; y Roberto Martínez su obra sobre Dos Haciendas Laguneras.
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No cabe duda de que las obras de Eduardo Guerra son el parteaguas para tratar de ahondar más sobre los orígenes de Torreón y sobre la personalidad de su fundador Leonardo Zuloaga. Sin embargo recientemente se presentó en esta ciudad un libro editado por el Gobierno del Estado de Nuevo León en coordinación con otras dependencias de esa entidad, denominado: La Comarca Lagunera y Monterrey. Correspondencia. Santiago Vidaurri��"Leonardo Zuloaga. 1855-1864. Cuya “compilación” corrió a cargo de Leticia Martínez Cárdenas. Dicha obra contiene un poco más de 250 misivas que mediaron entre Zuloaga y Santiago Vidaurri y que se conservan en el Archivo General del Estado de Nuevo León. Las cartas están enumeradas progresivamente y ordenadas en un aparente secuencia cronológica, que al final de cuentas resultó un poco alterada y no siguió el or-den propuesto. Sin embargo el material interesantísimo nos da muchas noticias sobre la personalidad de Zuloaga a través de casi 9 años de los 22 que vivió en la Laguna; tiempo suficiente para que a través de esa correspondencia, dicho personaje nos muestre algo más de su rostro y de su sentir.
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Manuel Plana en su obra El Reino del Algodón en México hizo uso de este material, basado no en la obra de Leticia Martínez, sino que lo tomó directamente del Archivo de Nuevo León y lo utilizó en una forma somera para tratar principalmente el problema de la tierra de Zuloaga con los colonos de Matamoros; pero en nuestro caso trataremos de dar a tales comunicados otra aplicación que nos ayude a formarnos una idea más concreta de la personalidad de Zuloaga para comprender que fue un hombre de su tiempo con sus virtudes y defectos, que luchó por su patrimonio, por el progreso de una región y cuando más y sin saberlo por ser el fundador de una muy noble ciudad que por siempre ha conservado su original nombre del Torreón; sitio en el que sus habitantes realmente no vencieron al desierto, sino que se acostumbraron a convivir con él y lograron sacar de sus tierras arenosas el provecho necesario para convertirlo en una próspera cuenca agrícola y ganadera. Leonardo Zuloaga en unión de Juan Ignacio Jiménez y Juan Nepomuceno Flores, vinieron a sentar las bases de los sistemas de irrigación de esta muy rica Comarca Lagunera, riqueza que se ha obte-nido por el buen aprovechamiento de las aguas de los ríos Nazas y Aguanaval. Antes de la llegada a la región de estos señores, la tierra nada valía por falta de agua, no porque no hubiera, sino porque no se había sabido aprovechar.
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La correspondencia, Vidaurri-Zuloaga en ocasiones no significa nada para la mayoría de los lectores por la ignorancia histórica existente, sin embargo hemos creído conveniente complementar ese valiosísimo material con notas e investigaciones personales y de alguna forma darle la dinámica suficiente para que resulte un poco más atractivo para los interesados en este tipo de información. Las notas y acotaciones las haremos con base en la bibliografía mencionada en los párrafos que anteceden, en las cuales jugará un papel importante la obra de Eduardo Guerra; de igual manera trataremos de dar también, especial importancia a los archivos parroquiales de Parras, de Viesca y algunos otros que permanecieron sumidos en la ignorancia por parte de la curiosidad inquisidora de los historiadores.
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En los registros parroquiales hemos localizado el dato de la presentación y matrimonio de Zuloaga, así como el de su muerte y los correspondientes a los de su esposa; los relativos a parientes y amistades; los nombres de algunos que murieron a manos de los bárbaros; los de otros personajes que se mencionan en la correspondencia en cuestión; los registros de las primeras personas nacidas en el Torreón y por consiguiente los de sus padres y padrinos y el de los primeros novios que se casaron viviendo ya en el Torreón.
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Para el desarrollo de nuestro trabajo hemos separado por temas el contenido de las cartas de Zuloaga con Vidaurri. Para lo cual clasificamos el material contenido en la correspondencia en los siguientes apartados: Vida familiar, Indios y negros, el Problema de Matamoros y la Fundación del Torreón. En cada uno de ellos trataremos de mantener la regla que se debe observar en una investigación histórica seria, de jamás tomar partido de lo ocurrido en épocas pasadas, no tratar de opinar sobre la actuación buena o mala de los individuos en sus decisiones sobre determinados hechos, cualquiera que haya sido su ideología y no hacer comparaciones de la forma de pensar y de la vida de aquellos tiempos con los métodos de comportamiento actual por la diferencia de costumbres y de realidades.
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El problema de Matamoros ha sido un tema tratado ampliamente por el maestro José Santos Valdés, Manuel Plana y Roberto Martínez principalmente y por ser bastante profundo y complejo no ahondaremos mucho en el mismo, sino que nos dedicaremos a tratar la información clave que se relaciona con el citado conflicto y de algunos personajes que en ella intervinieron, tomando siempre en consideración “el habla” de Zuloaga, sin que con ello se nos implique en que aceptemos sus comentarios como verdaderos.
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Vayamos pues a tratar de darle vida a los temas enu- merados y con su desarrollo, a través de nuestros comentarios, podemos llegar a conseguir la finalidad propuesta, en este año de 2002 en el que esta noble ciudad de Torreón estará cumpliendo 150 años de vida en su largo peregrinar por las páginas del tiempo. Y sobre todo, permitiremos la palabra a Leonardo Zuloaga, para que nos cuente un poco de sus actividades cotidianas.
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CUARTA DE FORROS. “...Bajo aquel gran rumor que se esparció por doquier de la existencia de una región donde abundaba el “oro blanco”, los extranjeros hicieron su aparición por el Torreón, lugar cobijado de cerros “grises y pelones”, de ventiscas terrosas, de paisajes desolados, salpicados de cadillos y cenizos mezquites en donde se construía un castillo en uno de sus cerros; y acá llegaron por alguna curiosidad de conocer la Villa, probaron el agua de la Laguna y nunca más se fueron, aquí se quedaron a trabajar y a realizar cualquier actividad productiva en completa comunión con los nacionales; juntos todos aquellos pioneros, lograron que la Villa alcanzara el rango de ciudad en el año de 1907.”
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“Desde entonces su ascenso fue vertiginoso y ya “trepada” en el corcel del tiempo cruzó los agrestes terrenos de la guerra y las vastas praderas de las épocas tranquilas de los incontables días del siglo XX, en un contundente progreso que fue la admiración de todo mundo para entrar al tercer milenio con la noble estirpe de “capitana” con el recuerdo sempiterno de la visión clara de aquel hombre que llegó para fundarla y que no pudo disfrutarla plenamente y que en vida llevó el nombre de Leonardo Zuloaga Olivares. Cuya figura desgraciadamente ha sido olvidada por las generaciones presentes y que sin embargo no por ello ha dejado de ser el fundador del Torreón.” (27.jul.02.23.39 hrs. ). EL AUTOR
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